En cierta ocasión alguien me compartió que cayó de un puente de casi 60 pies de altura e inmediatamente, fue internado en un hospital. Mientras estaba alli, después de varios días, la esposa del hombre de la cama de al lado se detuvo para hablar con él de la siguiente manera: “mi esposo acaba de contarme lo que le sucedió, no tenemos ninguna duda de que Dios lo ha estado protegiendo y desea que usted le sirva a Él, y estamos orando por usted”.
Esta persona que me compartió su testimonio, agregó lo siguiente: me quedé muy sorprendido de esas palabras porque yo había crecido en la iglesia, pero nunca había imaginado que Dios queria hacer algo con mi vida. Además, continué diciendo que las palabras de aquella mujer le mostraron un Salvador del que habia oido hablar, pero al que no conocía, y marcaron el comienzo de su acercamiento a Cristo.
Según esta persona de la que estoy hablando, me comentó, que él valoraba mucho aquellas palabras dichas por una mujer amorosa y creyente de la Palabra de Dios, a quien le interesó decirle algo a un extraño sobre el poderoso Dios cuyo amor es verdadero. Esas palabras le transmitieron interés, motivación y preocupación, y brindaron una promesa y un propósito.
Las palabras de esa mujer amorosa y creyente de Dios, me hacen recordar cuando: Jesús desafió a sus discipulos (y a nosotros) a hablarles a los demás sobre el amor de Dios, diciendo: “recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espiritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en Judea, en Samaria, y hasta lo último de la Tierra” (Hechos 1:8).
De acuerdo a ese testimonio que me compartieron considero y creo que mediante la obra del Espíritu Santo, nuestras palabras y testimonio pueden tener poder para marcar una diferencia eterna en la vida de los demás. Obviamente, y biblicamente hablando: “Para que no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (Hechos 4:20).
Y así mismo como dice el siguiente versiculo: Porque si predico el evangelio, no tengo nada de qué gloriarme, pues estoy bajo el deber de hacerlo; ¡pues hay de mi si no predico el evangelio! (I Corintios 9:16). ¡Dios le bendiga!
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